The Crown: la reina está desnuda

Resulta curioso que una serie como The Crown, que se caracteriza por su elegancia y sutileza, sea clasificada por Netflix con las categorías de “sexo y desnudez”, quizá por el deseo de la plataforma de competir con HBO, maestra en este tipo de escenas. Sin embargo, tras sus cuatro primeras temporadas, tiene más sentido pensar que lo que sus creadores pretenden desnudar es a las personas que se esconden detrás del símbolo, mostrando sus deseos, flaquezas, frustraciones y conflictos internos. 

En uno de los cuentos del escritor danés Hans Christian Andersen, todo un pueblo se mostraba asombrado por un sorprendente traje transparente con el que iba vestido su rey, hasta que un niño les hacía salir de su engaño, al revelar la cruda realidad detrás del esplendoroso paño, y es que en realidad el monarca estaba desnudo. En este caso, es a la reina Isabel, y al resto de su familia, a los que se pretende desmitificar, con el ánimo de que comprendamos lo que hay detrás del protocolo, los desfiles, la pompa y la solemnidad. En definitiva, hacernos salir de la indiferencia o rechazo inicial que pueden generarnos unas personas cuya vida de lujos y privilegios está muy alejada del común de los mortales. Y lo consigue.  

Un casting de lujo

Uno de los puntos fuertes de esta producción es su reparto, ya que además de guardar un gran parecido físico con los miembros de la familia real, los actores se mimetizan hasta tal punto con ellos que en la tercera temporada, donde cambia el reparto, da la sensación que de verdad los personajes hubieran envejecido. Para ello, resulta imprescindible verla en versión original. Brillante es, por tanto, el trabajo de Claire Foy y Olivia Colman, que sin embargo no ensombrecen las interpretaciones del resto de actores, gracias también a un prodigioso guion, a cargo de Peter Morgan, que les permite lucirse.

En The Crown tan importantes la reina como quienes la acompañan en su difícil tarea de preservar la continuidad de la Corona británica ante los cambios políticos y sociales que se van produciendo en el país. No en vano, la monarca ha visto desfilar ante sus ojos a catorce primeros ministros. 

Margarita, un volcán en medio del hielo

La nota discordante dentro de esta familia, que no encaja dentro del corsé al que le pretenden ajustar, es la princesa Margarita. La hermana de la Reina no conoce el término medio, lo que le lleva a una vida de excesos y desventuras amorosas, siempre tratando de huir del papel que su familia le ha asignado: el de mera comparsa, supeditada a los designios de su Isabel, que tiene precisamente las cualidades de las que ella carece. 

A la inversa sucede lo mismo, pues la Reina también siente celos de la fascinación que desprende Margarita, un hechizo que parece innato en ella. La relación que se establece entre las dos es uno de los aspectos más interesantes de la serie, y nos muestra cómo el carisma, la espontaneidad y una personalidad muy marcada y romántica no son los atributos que se precisan para ejercer el reinado de una nación, que por el contrario requiere prudencia, templanza y sobriedad.  

El duque de Edimburgo y la búsqueda de reconocimiento

Otro de los personajes que verá sus ambiciones limitadas por el papel que le ha tocado desempeñar al lado de la Reina es Felipe, duque de Edimburgo, quien en uno de los capítulos ve reflejadas sus aspiraciones vitales insatisfechas en los primeros hombres que lograron la proeza de pisar la luna. Sin embargo, durante su encuentro con ellos, se desencanta ante su mediocridad y falta de entusiasmo, ante una hazaña que todos valoran más que ellos mismos. De este modo, Felipe cae en la cuenta de que una gran responsabilidad a veces debe ir acompañado de un cierto desapasionamiento, al igual que para ejercer bien el poder lo mejor es no desearlo en exceso, tal y como le sucede a su esposa. En este sentido, Varys, el consejero más brillante de Juego de Tronos, tendría mucho que decir al respecto. 

Poco a poco, el duque de Edimburgo irá superando sus complejos y  asumiendo el papel que debe jugar al lado de Isabel. Tampoco dejará de recordárselo a sus hijos, a quienes  harán saber que su opinión no importa, y que nadie espera escucharla, pues la institución está por encima de las personas. 

La Corona por encima del individuo

Una de las principales enseñanzas de la serie es que, en el momento en que se supedita la Corona a quienes la representan, esta se convierte en un simple ornamento y pierde su sentido, por lo que, ante todo, la institución debe prevalecer, aunque ello conlleve en algunos casos pasar por encima de los sentimientos y necesidades de sus miembros. De hecho, el reinado de Isabel no se hubiera producido sin la abdicación de su tío, Eduardo VIII, quien causó una crisis constitucional al proponerle matrimonio a una mujer divorciada, una circunstancia que funciona como una suerte de pecado original, o recordatorio para la princesa Margarita, el príncipe Carlos y demás integrantes de la familia, de que la Corona es incompatible no ya con el romanticismo (al menos en la época que les ha tocado vivir), sino con la propia libertad de elegir. 

Esta lección política, el que las instituciones deben ser más importantes que las personas que las ocupan, es válida no sólo para la Monarquía, sino para cualquier sistema político, y quizá España y otros países de nuestro entorno (también al otro lado del charco) deberían tenerlo en cuenta más a menudo. 

La representación simbólica

Un hecho fundamental que explica la relevancia que la familia real le otorga a la imagen y los valores que proyecta, y que lleva a la Reina a fuertes conflictos morales, tiene que ver con que la representación que ejerce es fundamentalmente de tipo simbólico. La legitimidad de la institución, por su propia naturaleza, no puede descansar en una representación descriptiva, basada en una relación de semejanza entre el representante y el representado, pues nada hay más alejado del ciudadano corriente que la monarquía. Así lo comprueba el propio Felipe, cuando intenta mostrar en televisión que su familia es tan normal como cualquier otra, fracasando en el intento, pues eso no es lo que el pueblo británico espera. No es ese tipo de vínculo el que les une. 

Representación simbólicaPor otro lado, aunque la figura de la Reina esté legitimada por la Constitución, su autoridad no se somete a la rendición de cuentas, pues la Reina no pasa por las urnas, y ni siquiera en la dimensión sustantiva (lo que hace el representante y la manera en que es receptivo a las demandas de quienes representa) se encuentra su razón de ser, pues su cometido consiste, básicamente, en inhibir su voluntad y no actuar por iniciativa propia, sino por imperativo legal, por lo que su actuación difícilmente puede ser loable o censurable. Sus actos son sencillamente el resultado de lo que la Constitución estipula para ella. 

De esta forma, la monarquía es quizá la única forma que existe actualmente, fuera del ámbito religioso, de representación simbólica, que tiene que ver, por tanto, con un elemento de adhesión emocional, liderazgo efectivo y personificación de un ideal común, que trasciende a la persona que lo encarna, y que obliga a no posicionarse para poder seguir siendo un símbolo de unión. 

Las decisiones que no tomamos

Peso corona Pese a que habrá quienes acusen a la serie de hacerle un favor a la monarquía británica, al hacernos sentir empatía hacia unos ricos que también lloran, lo cierto es que sus creadores no pretenden hacer juicios de valor

A lo que la serie aspira es a contarnos una historia en la que se entremezclan cuestiones sobre el poder, la familia, el deber y los sentimientos, que pueden extrapolarse a situaciones muy diversas.  Por tanto, The Crown es una excusa para hablar de las decisiones que no tomamos, pero que otros toman por nosotros, antes incluso de nuestro nacimiento, y que marcan nuestro destino y nos hacen ser quiénes somos. Y es que, en el fondo, cada uno de nosotros tenemos algo de Isabel, ya que a todos nos lanzan al ruedo sin preparación previa, y nos exigen que desempeñemos nuestro papel, que seamos lo que se espera de nosotros. De hecho, la primera temporada tiene un capítulo dedicado a la necesidad de la Reina de formarse aceleradamente en diversas materias, ya que por su condición de mujer nadie le había preparado para tratar diariamente con políticos del más alto nivel. 

Lo que la hace diferente es el cuidado del detalle, desde la ambientación hasta la fotografía y la banda sonora, pasando por los diálogos, que están al servicio de una compleja trama que es capaz de pegarnos a la pantalla siguiendo la aparentemente monótona vida de la familia real británica. Y lo hace sin grandes giros ni fuegos de artificio, sino a través de diálogos reposados, situaciones sugerentes y una combinación muy lograda entre ficción y realidad, fiel al espíritu que tanto nos gusta en este blog. 

Nacho28p
nacho2810p@gmail.com
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