Ni patria ni familia

Con el octavo y último episodio de «Patria», emitido en noviembre del año pasado, HBO puso el broche de oro a la adaptación de la novela de Fernando Aramburu, que recrea la asfixiante atmósfera que se vivió en el País Vasco durante los “años de plomo”, en los que ETA sembraba el terror para alcanzar su ansiado estado propio. Su creador, Aitor Gabilondo, nos hace testigos a través de ocho episodios de la intimidad de dos hogares rotos como consecuencia de la actuación de la banda terrorista.

La historia pivota en torno a las dos matriarcas de esta familia, Miren y Bittori, interpretadas magistralmente por Ana Gabarain y Elena Irureta, cuyos caminos se separan en el momento en que el hijo de Miren, Joxe Mari, decide enrolarse en las filas de ETA, mientras que el marido de Bittori, “el Txato”, está siendo extorsionado por dicha organización. En la serie vemos cómo este empresario recibe cartas y pintadas amenazantes para que pague el llamado “impuesto revolucionario”, es decir, para que aporte su cuota a la banda si quiere seguir vivo.

La socialización del sufrimiento        

El punto de inflexión de la serie, que podemos ver desde diferentes puntos de vista, es el asesinato del Txato, a quien ETA le aplica lo que solían llamar “la socialización del sufrimiento”. Este término se comenzó a emplear tras la operación policial contra la cúpula de la organización que se llevó a cabo a principio de los 90 en Bidart (Francia), que dejó muy diezmada a la banda, y hace alusión a un plan premeditado de huida hacia adelante, cuyo objetivo era pasar a la ofensiva y extender el miedo al conjunto de la sociedad.

De esta forma, los asesinatos y la violencia callejera pretendían poner sobre la mesa la realidad de lo que ellos llamaban “el conflicto vasco”, y para que la sociedad tomara conciencia era necesario hacer extensivo el dolor, que debía repartirse, ya que se consideraban los primeros oprimidos por el Estado. Bajo esta construcción de un enemigo justificaban todas sus actuaciones, planteando una guerra sin cuartel entre el Estado español y el pueblo vasco, al que ellos decían representar, obviando que el conflicto existía también dentro del propio País Vasco.

El país de los callados

La serie muestra, por tanto, los diferentes resortes del nacionalismo, al que siempre hay una parte de su pueblo que le sobra, que no casa con su idea de patria, estrecha y homogénea. De este modo, aquellos que no comulgan con la utopía nacionalista son expulsados automáticamente del “demos”, dejan de formar parte del pueblo, y pasan a convertirse en enemigos de la causa que deben ser expulsados o eliminados. Un proceder que no sería posible sin el silencio cómplice de una parte de la población, produciéndose lo que la politóloga Noelle-Neumann denomina “espiral del silencio”, el temor a nadar contra corriente, y que en “Patria” se refleja en las palabras de uno de sus personajes, Gorka, cuando se lamenta de vivir en “el país de los callados”.

No todos fueron víctimas y verdugos

Este proceso lo vive en primera persona el Txato, que de la noche a la mañana pasa a estar señalado por ETA como persona non grata, con la consiguiente campaña de acoso y aislamiento a la que le someten sus propios vecinos, que dejan de relacionarse con él y su familia, por fanatismo o temor. Además, esta situación no termina con el fin de ETA, ya que una vez que la banda es derrotada, se muestra cómo siguen quedando rescoldos de miedo y odio, y los mismos que apoyaron y justificaron la violencia son los primeros que quieren hacer “tabula rasa”. Para ellos las víctimas resultan un estorbo, un recuerdo incómodo del daño al que contribuyeron, por acción u omisión.

Por ello, el regreso de Bittori causa un gran revuelo en el pueblo donde asesinaron al Txato, y los vecinos se muestran inquietos ante su mera presencia, como si las víctimas fueran también culpables de lo sucedido, en un infame intercambio de roles. Esto tiene que ver con la equidistancia y el relativismo moral, con el relato que pretende asentar la idea de que todos fueron verdugos y víctimas por igual, cuando hubo unos responsables claros. Si bien la serie señala claramente quienes fueron las víctimas y quienes los victimarios, también muestra que el sufrimiento causado por el terrorismo recayó en las familias de ambos lados. Este hecho nos permite empatizar con Bittori, esa mujer terriblemente sola que ha perdido la ilusión por vivir, pero también con Miren o Joxian, que tienen que desplazarse cientos de kilómetros para ver a su hijo entre rejas, y que cuando le detienen son conscientes de que le pueden estar torturando.

Sin embargo, cada uno lo afronta de distinta manera, pues mientras que Joxian opta por renegar de Joxe Mari y lo que representa, Miren trata de racionalizar todas sus acciones, pues prefiere pensar que su hijo es un mártir que está en la cárcel por una causa justa a verle como un terrorista. Una actitud que le lleva a abrazar el ideario de la izquierda abertzale, alentada también por un cura manipulador que utiliza torticeramente su fe y su amor de madre.

Un segundo que cambió nueve vidas

La serie también nos permite ponernos en la piel de Nerea y Xabier, los hijos del Txato, que representan dos maneras de afrontar el dolor, pues mientras que ella se niega a ser una víctima para siempre y se aferra a la vida, su hermano se conforma con sobrevivir, en lugar de vivir, ya que considera que la felicidad es un lujo que no puede permitirse. Pero no solo los hermanos de la víctima ven su existencia marcada por el terrorismo, sino también los hermanos del verdugo, Arantxa y Gorka, a quienes los actos de Joxe Mari les persiguen allá donde vayan, provocando acaloradas discusiones familiares.

Finalmente, será Aranxa quien, tras sufrir un ictus, haga de mediadora entre las dos familias, entre una Bittori en busca de respuestas y un Joxe Mari que se encuentra en la cárcel, solo acompañado por sus fantasmas. Quizá sea precisamente la condición física de Arantxa lo que le hace comprender lo importante que es la memoria para saber quiénes somos, para explicarnos nuestro pasado, cerrar heridas y poder seguir adelante, ya que a ella, al igual que a Bittori, lo que le queda son sus recuerdos, y necesita estar en paz con ellos.

Tanto la novela como la serie nos muestran el rostro humano del terrorismo, las vidas destruidas por el fanatismo político, reflejando muy bien cómo en un segundo las vidas de nueve personas pueden cambiar para siempre. Hoy sabemos cuáles son las cifras de asesinados por la banda terrorista, más de 850, pero esto no es más que un dato frío, impersonal, insuficiente para comprender el coste humano que tuvo.

Por ello, frente al olvido y la desmemoria que a algunos les interesa imponer, la producción cultural, literaria y cinematográfica puede arrojar algo de luz, también a las nuevas generaciones que no están familiarizadas con lo que fue el terrorismo en nuestro país, cuando se mataba por llevar un determinado uniforme, militar en un partido político o simplemente cruzarse en el camino de ETA. En este sentido, podemos afirmar que, pese a tratarse de una serie de televisión, Patria en realidad es cine, y del bueno.

 

Nacho28p
nacho2810p@gmail.com
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